ANA SANSANO
Viari

Del 15 de marzo
al 15 de junio de 2014
Muestra de arte y creatividad
El Convent, Espai d'art
Vila–real, Castellón

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Mont

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Pas

Dardar

ANA SANSANO
ONDA, 1973

Conjunto de piezas de dimensiones variables
Técnica mixta sobre madera

DIÁLOGO Y MEMORIA
Lola Mascarell

Desde que el ser humano inventó la palabra, y con ella el intercambio verbal, no ha pasado un solo minuto en que la humanidad haya dejado de hablar. Llevamos milenios practicando y como consecuencia de ello existen tantas formas de conversar. Diálogos nerviosos, dinámicos, de frases cortas y pocas profundidades. Charlas de compromiso. Monólogos indigestos que se finjen intercambios entre dos. Entrevistas, debates, confidencias. Las cosas también hablan aunque no las oigamos. Dialogan entre sí. Se dicen y nos dicen. Le habla el pájaro al árbol. La chaqueta al frío. El invierno a la chica que extiende la mano en la puerta del supermercado. La lágrima de la madre a la travesura del hijo. Todo el mundo habla sin parar. Hasta el silencio. Basta con poner el oído y prestar atención para escuchar el rumor que musitan las cosas en su falso silencio. Y vale la pena. Porque entre la balumba de sonidos intrascendentes, de frases vacías, de absurdos dimes y diretes entre los que caminamos cada día, hay objetos aparentemente inanimados que tienen mucho que decirnos. Como los cuadros de Ana Sansano que dialogan con nosotros como el mejor de los interlocutores. Nos preguntan. Les preguntamos. Son cuadros interrogantes, pequeños retazos rebosantes de misterio.

Es uno de los múltiples destinos que nos proponen sus viarios: caminos que se entrecruzan y que plantean encrucijadas. Lo decía, Thoureau, un gran caminante: el día más feliz de mi vida fue cuando alguien me preguntó qué pensaba y esperó mi respuesta. Los cuadros de Ana Sansano preguntan y esperan. ¿A dónde ha de llevarnos el camino? ¿Lo elegimos nosotros o nos elige? ¿Qué es ese rastro que se adivina sobre el asfalto? ¿Habrá algo detrás de esa montaña? ¿Y detrás de detrás de la montaña? ¿Pasará alguien alguna vez por aquí? ¿Qué hora es? ¿Qué luz? ¿Has venido para quedarte?

Diálogo y memoria. Paso y huella. Los caminos que hemos sido. Los que hemos transitado. Todo empieza una mañana de abril, por ejemplo, aunque podría ser de octubre. Empieza con un parpadeo. El párpado cae y atrapa en la memoria una escena normal, intrascendente. El ojo obturador retiene sin saberlo aquella esquina, las líneas blancas discontinuas de la carretera, la curva en ese ángulo. Y de ahí va saliendo el retrato. Retrato del momento detenido, dibujo del presente. Sobrepasar la línea que separa lo fútil de lo durable, lo fugaz de lo perpetuo, es una actividad que realizamos inconscientemente cada día. Nuestras sensaciones, nuestras vivencias están ligadas a una imagen aleatoria e intrascendente que la memoria archiva junto a nuestros recuerdos. Que sean unas y no otras las que durarán quizás depende de un sentido tan misterioso como el motivo que lleva a Ana Sansano a elegir uno u otro rincón del universo. Lo que está claro es que perduran. Y se quedan en el reverso de la retina como retales a salvo del naufragio del olvido.

Quizás también las líneas que traza la pintora en el papel sean caminos: altura y longitud del grafito en busca de la profundidad tridimensional. Tan reales que parezcan tangibles. Que hasta se pueda reconocer el momento del día o la época del año en la que el sol suele proyectar esas sombras en esa ladera. Cuadros que nos hacen cosas, que tienen vida, que nos llevan a ella. Como si hubiéramos estado allí ¿Estuvimos? Pintamos cuadros y escribimos libros para intentar comprender el mundo, para descifrarlo. Pintamos y escribimos pensado que todo aquello nos va a hacer comprender mejor el vacío. Pero detrás del verso, detrás del trazo no hay nada. Sólo vacío, espacio por recorrer. Tan sólo ese momento de feliz comunión. La pintura de Ana Sansano no da respuestas. Pero logra hacer más profunda la herida dulce de nuestras preguntas.